26 jun 2012

Una aproximación a una reforma fiscal

Escrito por en Juan Ignacio de Juan en El Economista Perplejo



Leo con preocupación las noticias de hoy. En primer lugar, Hacienda se está planteando subir los tipos del IVA de algunos productos desde el 4% actual al 18%, y desde el 8% al 18%. Es decir, que pretende incrementar el precio de algunos productos un 14% y un 10% respectivamente. Por lo tanto, tendremos un fuerte impacto en el consumo de esos bienes y, en consecuencia, más depresión y menos ingresos. Justo lo que hace falta. Por otro lado, leo también que para acabar con el déficit de tarifa se plantea subir hasta 3 céntimos el litro de gasolina y gasóleo y hasta doblar la tasa por generación eléctrica. Y todo eso sin despeinarse. Adicionalmente, pretenden cobrar por el tránsito por las autovías (construidas con nuestro dinero –bien nacional o bien europeo) y, al mismo tiempo, rescatar las ruinosas autopistas radiales de Madrid y otros sitios que acumulan una deuda de 3.800 millones de euros, con un tráfico que no alcanza ni el 40% del estimado inicialmente. No estamos hablando de un país tercer mundista con un gobierno corrupto; es un país que es la cuarta  economía del euro, la quinta de Europa y considerado desarrollado según todos los informes internacionales, aunque a veces lo dudo.
Y todo esto por una sencilla razón: el déficit público sigue disparado como consecuencia de la mala política económica aplicada por el gobierno que con consigue que aumente la recaudación aun cuando sube los tipos impositivos. Pero el gobierno no se da cuenta que nuestro problema se llama crecimiento y nuestra recaudación cae por aplicar un sistema fiscal basado en ideas de hace 30 años. Con el actual sistema, mientras no crezca la economía en tasas altas no se incrementará la recaudación, que está muy ligada a la evolución del uso del factor trabajo en la economía. Evidentemente, si alguien está en paro y no cobra subsidios no podrá aceptar facturas con IVA, dado que estaría declarando unos ingresos que no tiene. Luego todos los impuestos están centrados en la existencia de empleo.

Bien, admitiendo que no vamos a crecer en los próximos 3 años de forma consistente, ¿Qué podemos hacer? Pues lo único que podemos hacer es reformar nuestro sistema impositivo y orientarlo hacia aquellas actividades que en la actualidad podrían ser generadoras de recaudación. Vayamos por partes.
Impuestos directos: es decir, el IRPF y Sociedades. Podemos afirmar, sin equivocarnos en exceso, que no va a aportar nueva recaudación en los próximos lustros. En primer lugar, porque la actividad económica es muy débil y no generará empleos suficientes para incrementar la recaudación. Además, si se incrementara la contratación, la bajada de salarios que estamos sufriendo en toda la economía como consecuencia de la deflación interna asegura una baja recaudación para las próximas décadas.
Con respecto a Sociedades, la mortalidad empresarial y las pérdidas acumuladas durante los años de crisis que llevamos (y los que nos quedan) significan bajos niveles recaudatorios en el futuro, lo que implicará fuertes tensiones para la reducción del déficit.
Impuestos indirectos: básicamente, el IVA. Depende del consumo y, en la actualidad y con el panorama que tenemos por delante, tampoco permitirá incrementos sustanciales de recaudación que originen un mejor evolución del desequilibrio fiscal, aunque el efecto del incrementos de los tipos que nos anuncian se dejará sentir en los primeros meses, desapareciendo al cabo de un año donde la recaudación, en las circunstancias previstas por casi todos los servicios de estudios, caerá en términos homogéneos.
Impuestos especiales: Alcohol, tabaco y gasolinas. Son los más recurrentes en la política impositiva de los gobiernos, dado que tienen una buena imagen social y demandas muy inelásticas que permiten el incremento de los precios sin apenas afectar al consumo. Pero eso es en condiciones normales. En la actualidad también están bajando su recaudación por varios motivos: se emplean otras formas de consumo (caso del tabaco de liar o el consumo de cerveza como sustitutivo de los alcoholes de mayor graduación) o directamente disminuye su consumo, como es el caso del impuesto de hidrocarburos. Luego la recaudación de todos ellos también se está resintiendo y no parece que se vaya a incrementar en el futuro.
Con este panorama, o le echamos imaginación al problema o no levantaremos cabeza hasta que la selección iguale el número de mundiales ganados por Brasil. Como eso, de momento, parece complicado, activemos el plan A: echémosle imaginación.
Lo primero que uno tiene que cambiar en estas circunstancias es el concepto mismo de impuestos, abandonando el localismo que siempre nos persigue. Las rentas no pertenecen al territorio donde reside el individuo, sino al lugar donde se generaron y, por lo tanto, se obtuvieron. Parece poco razonable que una persona con residencia en, por poner un ejemplo cercano, Portugal trabaje en Salamanca y, obteniendo sus rentas en España, pague sus impuestos en Portugal. Esto vale para todas las actividades que nos podamos imaginar, de forma que lo primero que tenemos que hacer es cambiar el concepto de residencia fiscal por otro más adecuado en el momento actual que es el de lugar de realización del hecho imponible. Se pensará que esto no tiene incidencia, pero si la tiene, y mucha. Y no solo por los futbolistas, tenistas y demás personas que obteniendo grandes beneficios en un estado tributan en paraísos fiscales por mor de la legislación que lo permite.
En segundo lugar, hay que cambiar el concepto mismo de hecho imponible. Cualquier actividad debe ser considerada hecho imponible de forma que sea susceptible de ser gravada con un impuesto, si es que es lo que queremos hacer. Por lo tantro, no hay actividades que se encuentren fuera del sistema impositivo. Con esto se abrirían las puertas al establecimiento de impuesto sobre determinadas actividades que en la actualidad están fuera del sistema (por ejemplo, la venta de marihuana).
Una vez cambiada nuestra mente, analicemos las actividades que en la actualidad pueden significar incremento impositivos: la bolsa, el juego online y las apuestas online.
Con respecto a la bolsa, siendo pesimistas en nuestro análisis, deberíamos establecer una tasa por transacciones realizadas. Una cantidad modesta del 0,5%. Un cálculo rápido: con una media de 4.000 millones al día de movimiento en la bolsa española, y unos 200 días de cotización (ambas cantidades son modestas), se obtendrían unos 4.000 millones de euros de recaudación. Y esta es la versión más light de la Tasa Tobin, habiendo dejado fuera todo el sector financiero secundario y las operaciones no reflejadas en la actividad normal de la bolsa. Podríamos ser algo más explícitos y ambiciosos en la Tasa Tobin, pero para eso si necesitamos el consenso y la ayuda del resto de países. Parece que en ello están, pero este paso podría ser independiente y autónomo. Y, como dirán los más acérrimos defensores de la escuela de Chicago que esto afecta al ahorro, no lo afecta, afecta a la especulación.
Otro campo de actuación es el juego online, donde a parte de mover una gran cantidad de dinero, la mayoría de las empresas son de origen paradisiaco (en cuanto que se encuentran localizadas en un paraíso fiscal) y, por lo tanto, no generan impuestos en España. Habría que establecer una tasa sobre las operaciones realizadas desde España, vía un cargo directo en el banco o por cualquier otro sistema. De esa forma se gravaría el hecho en sí de jugar evitando la elusión de los impuestos por el hecho de no estar radicado en territorio español. Que la tasa sea modesta para evitar problemas y que se gestione por los medios de pago habitualmente utilizados (bancos, tarjetas de crédito, etc) ayudará a la implantación. Se afectaría el hecho no deseable del juego proporcionando una cantidad razonable de ingresos a las arcas públicas.
Por último, las apuestas online, con la misma problemática que en el caso del juego. Luego el planteamiento debería ser similar.
Y no abandonamos las figuras actuales. Es más, las potenciamos. Por ejemplo, el IRPF debería orientarse para fomentar el consumo, vía por ejemplo una rebaja de las retenciones. Es la típica trampa fiscal de proporcionar más dinero al contribuyente para que lo gaste como renta disponible cuando realmente no lo es. Y actualizar algunos conceptos como son los llamados ‘gastos fiscales’ que influyen en la recaudación por este impuesto. Reordenando los conceptos, actualizando las rentas y considerando las nuevas situaciones fiscales podríamos hacer de este impuesto un auténtico impuesto progresivo dentro de una política fiscal más volcada hacia el consumo.
Con respecto al Impuesto de Sociedades, lo convertiría en un impuesto progresivo, primando las pequeñas y medianas empresas, con una escala de tipos desde el 5% al 40%, eliminando la mayoría de las actividades que generen un gasto fiscal (deducciones por cosas que resultan de chiste). Un Impuesto de Sociedades progresivo y no proporcional generará ventajas competitivas a las empresa que tengan menores beneficios y castigaría a aquellas que se encuentran en situaciones de monopolio u oligopolio y, por ello, obtienen grandes beneficios. Es más, el tipo debería estar ligado al porcentaje que represente los beneficios sobre el volumen de ventas y al tamaño de la empresa. No es lo mismo que una empresa gane 10 millones de euros con una facturación de 100 que de 50 millones.
Con respecto al IVA, repetiré la propuesta que ya he hecho en varias ocasiones: subir los tipos. En concreto al 5, al 10 y al 21% pero no cambiar las bases imponibles. Los tipos reducidos y superreducidos del IVA tienen un componente de incentivo de las actividades que no debe tocarse. Y, evidentemente, subir el pan el 1% no generará inflación, mientras que hacerlo un 14% si lo hará. En el primer caso, será asumido, seguramente, por el panadero; en el segundo será repercutido con total seguridad. Esta medida debe ir acompañada de la autentica devaluación interna que demanda nuestra economía y nuestros socios bajando un 5% las cotizaciones a la seguridad social de todos los trabajadores. En estas circunstancias, lo precios interiores bajarán entre un 2 y un 4% y nuestros precios exteriores lo harán en un 5%. Mejoraremos nuestra competitividad, se podrá vender más en el exterior, se incentivará la inversión y se terminará reduciendo el desempleo y con ello incrementándose la recaudación. Parece sencillo, pero nadie lo hace.
Por último, los impuestos especiales. Parece evidente que habrá que analizar cómo son las curvas de demanda, y cuál es la elasticidad precio que tenemos en este momento y tomar decisiones en función de los datos y de las previsiones que tengamos, pero no desde un punto de vista maximalista de que las curvas son inelásticas y el consumo no se ve alterado por las variaciones en los precios. Eso parece evidente que en este momento no es así y lleva a plantear medidas ineficaces.
Y, para finalizar, habría que cambiar todo el sistema de impuestos municipales, en la actualidad basados en una actividad que difícilmente se va a recuperar en el fututo hasta niveles más o menos razonables. Por ejemplo, eliminaría el pago por el Impuesto de Actividades Económicas para cualquier entidad. Carece de sentido que gravemos un hecho que es conveniente, debemos más bien incentivarlo para que se produzca más actividad. Eliminaría también el Impuesto de Bienes Inmuebles, verdadero contrasentido: si se aplicara la norma tal y como está redactada, los IBI’s deberían bajar dado que el valor de las viviendas se ha reducido considerablemente. Sin embargo, los valores catastrales seguro que continúan subiendo. Como algún tribunal le de por fallar esto, la intervención está asegurada. Lo sustituiría por tasas que respondan verdaderamente a servicios a prestar: basuras, limpieza, etc. La gente sería más receptiva al pago si conociese el destino de los impuestos. Daría más participación municipal en los impuestos estatales, tales como el IVA, de forma que se incentive a los municipios a generar actividad económica para obtener mayores ingresos. Y les permitiría generar nuevas figuras impositivas de forma que cada municipio pueda orientar su política a las actividades que considere convenientes.
En fin, que esta es una pequeña aproximación a una autentica revolución fiscal que debemos poner en marcha para superar nuestras dificultades, de forma que se empiecen a reorientar nuestras finanzas sin hacer descargar todo el ajuste sobre las mismas figuras de siempre. Debería iniciar un debate y proporcionar ideas para que nuestro ministro las analice. Esperemos que de esta salgamos mejor de lo que entramos, por lo menos en términos de eficiencia.


@juanignaciodeju

1 comentario:

  1. Muy oportuno e interesante el artículo. En relación al IRPF, ¿qué opinas de establecernos de lleno en un sistema dual como los nórdicos? Establecer un impuesto progresivo sobre el capital humano y otro proporcional en las rentas, principalmente, del capital.
    Conociendo los problemas que existen para controlar dichas rentas, se ganaría sencillez y neutralidad. La cuestión aquí estaría en cual es el tipo proporcional que se establezca.

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