29 abr 2012

Ensañamiento terapeútico

Escrito por Julián P. en El circo del euro

Paul Krugman, ese señor al que algunos acusan con cierta frecuencia de no tener ni idea de economía, a pesar de haber obtenido –entre otros varios- el Premio Nobel de Economía y ser catedrático de la mentada disciplina en la universidad de Princeton (Estados Unidos), ha estimado* que en los países de la moneda única, por cada euro de reducción en el gasto público la disminución del déficit es de tan solo 0,40 euros aproximadamente. Es decir, 0,60 euros se evaporan sin contribuir a la reducción del desequilibrio del sector público, pero por contra provocando una importante reducción de la actividad económica. Es el conocido efecto multiplicador del gasto público, una de las primeras cosas que el estudiante de primer curso de economía ha de aprender. Se trata de un concepto sencillo y más que avalado por la evidencia empírica. Es decir, por la realidad.

Sin embargo, a pesar de la elementalidad del concepto, cuya comprensión está al alcance de cualquiera y de la cada vez más abrumadora evidencia de que los recortes no son el camino, esos políticos y tecnócratas que se están encargando de imponerlos con mano de hierro a sus ciudadanos persisten en su actitud, con tal cerrazón que, si de un problema médico se tratara podría calificarse con total propiedad como “ensañamiento terapéutico”. Desde luego, si trasplantamos los criterios* comúnmente utilizados en medicina para juzgar su existencia (inutilidad o ineficacia de la terapia, penosidad o gravosidad para el enfermo y falta de proporcionalidad entre medios y resultados) a las políticas económicas que se vienen aplicando, la similitud de las mismas con el referido concepto médico parece bastante evidente.


Y en vez de concluir que el tratamiento aplicado está matando al paciente, de manera sorprendente e ignorando la realidad, en vez de cambiar el tratamiento recetan cada vez mayores dosis del mismo a medida que la salud del enfermo empeora, aduciendo que el problema no es el tratamiento, sino la dosis prescrita, que  resulta insuficiente.

Se han fijado una meta y hacia ella nos conducen ciegamente. El archiconocido límite del 3% del déficit público medido sobre el PIB se ha convertido en una cifra mágica, una especie de deidad a la que algunos adoran y cuya consecución supondrá el fin de todos nuestros males. ¿Pero realmente hay algo de mágico en dicha cifra?

Es evidente que la cifra del 3% del PIB no tiene nada de mágica. Carece incluso del más mínimo soporte teórico y de todo sentido económico. Su existencia y  cuantía obedece a criterios políticos y no económicos y es únicamente fruto de las circunstancias. Sin embargo se esgrime como la brújula que debe guiar inevitablemente la  política económica en los países del euro. Su origen data de 1981, en que con ocasión del primer gobierno de Mitterán y ante la necesidad de vender a los votantes alguna medida fácil de entender sobre el control del déficit en Francia en unos momentos económicos difíciles, tomó cuerpo la mencionada cifra. Posteriormente, con ocasión del Tratado de Maastrich se decidió que puesto que Francia lo venía usando, podría trasplantarse como un supuesto indicador de convergencia económica.

Resumiendo, que la mágica cifra carece absolutamente de fundamento y que con la misma (nula) solidez conceptual hubiera podido fijarse en el 2 o el 5 por ciento, por poner dos ejemplos. Pero la casualidad quiso que saliera el tres y en eso estamos.

En cualquier caso, la historia de su invención resulta fascinante y -si no la conoces ya- puedes leerla aquí* . Creo que conocer su alumbramiento es algo que merece la pena, pues ayuda a desmitificar su importancia y es indicativo de hasta qué grado estamos inmersos en una enorme mentira.

Concretando el problema al caso de nuestro país, lo que ocurre es que a España se le impone arbitrariamente un objetivo difícilmente alcanzable en la situación actual,  se le exige conseguirlo en un tiempo excesivamente breve y se le obliga a  utilizar herramientas inadecuadas, que en vez de facilitar su logro, dificultan su consecución. Pero sobre todo, exigen enormes y desproporcionados sacrificios a los ciudadanos en forma de tasas de paro superiores a las de la Gran Depresión, subidas de impuestos, recortes de derechos y prestaciones sociales y –con seguridad lo más preocupante- una creciente  represión políticadirigida a acallar las protestas que esas medidas ya están generando y que sin duda se irán intensificando progresivamente.  Resumiendo, una enorme aberración económica y un importante retroceso democrático.
                                
Sin embargo, cabe pensar con cierta lógica que los políticos, pero sobre todo los tecnócratas que están detrás de estas medidas, han de saber más de economía (o al menos igual) que un simple estudiante de primero de facultad. ¿Por qué entonces si damos por sentado, como parece razonable, que conocen las consecuencias teóricas de sus políticas y además perciben cada día sus consecuencias, insisten en el mantenimiento de las mismas?

Nadie en su sano juicio se perjudica a sí mismo. Habrá que concluir por tanto que quienes impulsan estas medidas, gravísimamente perjudiciales para la inmensa mayor parte de la población española, lo hacen porque obtienen, o esperan obtener, algún beneficio para ellos, o cuando menos, evitar una pérdida. Y todos sabemos cual es el país que con mayor ahínco se está ocupando de imponer las actuales medidas. Y también sabemos quién es el fuerte y quién el más débil.

Empiezan a aparecer indicios de que ya se ha decidido que nuestro país inicie la siguiente fase dentro del proceso de socialización de pérdidas, esa técnica tan querida  desde siempre por los sectores más liberales de la economía, consistente en pocas palabras en trasvasar dinero público a manos privadas.

 Se ha repetido hasta la saciedad que en el caso de España, el verdadero problema no es el endeudamiento del sector público, sino el del privado. Y es cierto. Tan cierto como que la verdadera preocupación de Alemania, artífice e impulsora de las actuales políticas de austeridad a ultranza en toda la zona euro, está centrada en los cuantiosos préstamos que la banca alemana hizo a los bancos españoles y que sirvieron para financiar el boom inmobiliario en nuestro país. Sin embargo, los ajustes se están cargando sobre el sector público, es decir, sobre los ciudadanos. ¿Por qué?

Tras un tiempo en el que las  recomendaciones de los organismos internacionales –léase principalmente FMI y BCE- han hecho hincapié machaconamente en la necesidad de hacer recortes para reducir el déficit a cualquier precio, una vez aprobados los presupuestos del Partido Popular y seguros ya de que nuestro? gobierno irá por el buen camino (aquel que les ha sido impuesto desde fuera, pero que, más papista que el Papa, ha  abrazado con total convicción), se ha resucitado, como por arte de birlibirloque, el antiguo asunto de la creación del famoso “banco malo” (aquí* puedes ver un post anterior en el que trato el asunto). Seguramente porque piensan que con los recortes aprobados se liberarán los recursos necesarios para dar el siguiente paso. En  particular, el último informe del FMI afirma que "una vez agotadas las opciones para una recapitalización privada puede ser necesario un mayor recurso a la financiación pública, con el fin de preservar la estabilidad financiera y evitar un excesivo apalancamiento". Inmediatamente la AEB (patronal bancaria) ha celebrado con júbilo la recomendación y el Partido Popular, hasta ahora contrario (al menos en público) a la idea, ha comenzado también a mostrar abiertamente su apoyo a la medida. Medida que sin dudacontribuirá a incrementar adicionalmente el déficit público, pues la cantidad requerida no es moco de pavo, Sin embargo, el problema parece no importar si de lo que se trata es de regalar más dinero a los bancos. Desvergüenza absoluta, como podemos comprobar.

110.000 millones de ayudas públicas han sido entregados hasta ahora al sector financiero nacional para cubrir pérdidas y hacer frente a sus necesidades de capital, de manera que resulten sus integrantes suficientemente solventes para poder refinanciarse, es decir para poder obtener en los tan manidos mercados, nuevos préstamos con los que -paradójicamente- poder pagar los que deben que, como dijimos, fueron concedidos sobre todo por bancos alemanes.

Pero dicha cantidad, aún siendo enorme, no resultará suficiente. Mientras, el BCE con el fin de ganar tiempo y evitar el colapso, en una medida calificada por algunos de poco ortodoxa y peligrosa, ha concedido de forma provisional la liquidez necesaria, prácticamente sin condiciones y tan solo al 1%. En el caso de la banca española, el saldo con el BCE a 1 de marzo ascendía a más de 300.000 millones de euros, algo nunca visto antes y que supera con creces el peso relativo de nuestro sistema financiero sobre el total de la zona del euro.  Estos préstamos están sirviendo también como otra vía de privatización del dinero público, ya que un cierto volumen ha sido utilizado por la banca para comprar deuda pública al 5 ó 6% (en el caso español, más de 100.000 millones de euros se han dedicado a dicho fin) y obtener así una jugosa rentabilidad sin riesgo que mejore sus cuentas de resultados. Una mejora que, una vez más  se consigue con el dinero público, es decir, con los impuestos de todos, una parte considerable de los cuales pasa de esta manera, una vez más, a manos privadas.

Porque lo lógico sería que cada palo aguantara su vela. Que cada uno saneara sus cuentas con cargo a sus propios recursos, de manera que aquel que resulte incapaz de cubrir sus pérdidas, simplemente y como cualquier otra empresa, presente concurso de acreedores y se resuelva el mismo como mejor proceda. De esta forma serían, tal y como debe ser, los propios accionistas los que correrían con las consecuencias de la gestión realizada por los responsables de  las entidades. En el caso de las cajas el asunto sería diferente por carecer de accionistas, pero seguro que  también sería posible si se quisiera, encontrar una solución que no se basara en la entrega de dinero público gratis.

Como dije antes, el viejo debate sobre la creación del banco malo se ha vuelto a abrir de repente. Y directamente, el FMI ha dado un paso más al avisarnos de que será necesario aportar dinero público para sanear nuestro sistema financiero. Y de forma semejante a como se nos vendió la reforma laboral, en que el señuelo fue que crearía empleo, que la única forma de que ganáramos todos era perder una parte de nuestros derechos, ahora se nos dice que de esa forma  el crédito volverá a fluir en la economía y una vez más, todos saldremos beneficiados si regalamos nuestro dinero a unos cuantos que con toda seguridad lo utilizarán exclusivamente y como siempre en su propio beneficio, tal y como ha pasado con los préstamos del BCE. Pero lo mejor de todo es que, una vez más, nos volverán a hacer a todos comulgar con ruedas de molino. Más de un billón de euros prestados por el BCE, de los cuales nuestros bancos se han quedado con una buena parte, no han servido en absoluto para lograr,ni siquiera mínimamente, el tan cacareado objetivo.

Sin embargo, hay otra cuestión, que para mí es la fundamental. Si finalmente se logra, ¿qué pasa una vez alcanzado el objetivo del 3%? ¿Desaparecerán los problemas económicos de nuestro país como por ensalmo?¿La economía española volverá a crecer? ¿El desempleo desaparecerá por sí solo?

Estas preguntas trataremos de contestarlas en un próximo comentario.

2 comentarios:

  1. Hemos asistido a un cambio de paradigma político sorprende en 3 años.

    Los países empezaron tomando tímidas y débiles políticas de estímulo que consiguieron que la cosa no se fuera de madre. Pero entonces se sorprendieron de que aumentará la deuda pública (que cosas más raras tiene la contabilidad nacional...).
    A pesar de que las economías empezaban a indicar signos de que la recuperación estaba cerca, los países decidieron cortar en seco los estímulos y pasar a la austeridad. EL BCE incluso subió tipos, y la crisis de deuda privada y sangría de empleo pasó a un segundo plazo por el 3% de largo plazo de déficit.
    Entonces nos metieron la "austeridad expansiva", esta teoría que se puso tan de moda de que la austeridad pública fomenta el crecimiento, incluso en el corto plazo: Ya no habrá más crowding out, decían (aunque no lo había antes), la confianza y credibilidad potenciará la inversión (aunque esta se base en la potencialidad del crecimiento), la iniciativa privada suplantará la pública (desafiando las leyes de las identidades contables).
    Claro, la aplicación de esta austeridad hizo desaparecer esa recuperación (no hay más que ver cualquier gráfico). ¡Y también se sorprendieron!
    Entonces dieron un tercer paso, diciendo que no, que la austeridad generará crecimiento, pero a largo plazo. Que lo que se hace es poner las bases del crecimiento. Aunque aun me tendrían que explicar como una base del crecimiento es aumentar el ritmo de despidos de la población y dilapidar esfuerzos en la inversión y la investigación. El futuro es el capital humano, cualquier otra cosa es marear la perdiz.
    Cuando vieron que ni se potenciaba el crecimiento a corto, y cuando vieron que los programas de austeridad empezaban a centrarse en cosas cada vez más importantes (solo así se puede llegar al 3%), empiezan a hablar de nuevo de estímulos para el crecimiento pero, de nuevo, de forma tímida.
    Veremos como acaba.

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  2. Yo creo que no entiendo y que los años que he estudiado no me han servido para mucho. El problema grande, principal, es una burbuja inmobiliaria. Yo no veo por qué todos los españoles tengan que pagar por eso. Ni via devaluación como quiere Krugman, ni con estímulos, ni con austeridad. No importa qué medida se tome, debe ser una que garantice de manera plena, la quiebra de los bancos y cajas de ahorros que otorgaron esas hipotecas. No hay presupuesto para salvarlas, ni aunque lo hubiera deberían salvarlas. El problema no es trasladar dineros del sector público al privado. El problema es trasladar dineros de los más pobres a los más ricos. Se necesita sanear el sistema financiero español, si. Y el principio de ese saneamiento consiste en dejar quebrar las instituciones financieras que no fueron eficazes ni eficientes. Vendrán otras que asignarán mejor los recuresos y estimarán mejor los riesgos de mercado. Si con eso se quiebran también los bancos alemanes, pues que bueno. Tampoco supieron entonces actuar en el mercado. Ahora si, todos keynesianos? Nada, victimas de su propia ambición. Que se vuelvan inmobiliarias y vendan sus "activos de ladrillo tóxicos" como le dicen ahora a las viviendas que no pudieron vender a precios que ellos mismos sabían, que no valían. Ah, y también son responsables los avaluadores. El déficit del gobierno o las empresas productivas agrícolas poco o nada tiene que ver con los grandes bancos que, cuando ganan, no quieren Estado y cuando pierden exigen ser "rescatados".

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